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Encuestas presidenciales en Perú: el dato útil no está arriba

LLucía Paredes
··7 min de lectura·encuestas presidencialesperuelecciones 2026
man jump about to hold ball near net — Photo by ÁLVARO MENDOZA on Unsplash

Las últimas encuestas presidenciales en Perú se están leyendo como una simple carrera de nombres, cuando el dato más rendidor está en otro lado: la dispersión del voto. Si la intención se reparte entre muchos candidatos y varios partidos merodean la valla, el mercado emocional se queda hipnotizado con quién aparece primero; pero los datos, si se los mira un poco más despacio, empujan hacia otra cosa: una segunda vuelta abierta, márgenes apretados y bloques chicos que sobreviven o se caen por décimas. Ahí está. No en el titular.

Visto con lógica probabilística, que un candidato tenga 20% de intención de voto no significa que “tenga 20% de chances de ganar”. Ese salto, tan repetido, es un error. En una elección fragmentada, ese 20% puede alcanzar para liderar la primera vuelta y al mismo tiempo quedarse corto para armar una ventaja firme en un balotaje, porque una cosa es llegar adelante y otra, bastante distinta, sostenerse cuando el rechazo entra a jugar de lleno. En lenguaje de apuesta, el mercado masivo compra portadas; el apostador fino, no, busca estructuras. Esta vez, la estructura peruana se parece más a un rompecabezas de piezas desparejas que a una final con dos camisetas reconocibles.

Lo que las encuestas sí están diciendo

Cuando una encuesta enseña 15 partidos por debajo de la valla, el número grueso no es únicamente “15”. Importa otra cosa. El dato de peso es cuántos están compitiendo en la zona gris. Si la barrera electoral ronda el 5%, una organización ubicada en 4%, 4.5% o 5.2% vive dentro de un margen donde una semana de campaña, un debate o incluso una alianza local, pueden mover todo de sitio. En términos de valor esperado, esa franja suele cotizar mal en la conversación pública porque fabrica menos titulares que el primer lugar.

Y eso cambia la lectura entera. Una presidencia se discute arriba, sí, pero el Congreso y la gobernabilidad se cocinan abajo. Y abajo hay volatilidad. Mucha. En Perú ya vimos elecciones donde la foto de marzo o abril no guarda demasiado parecido con la de la recta final, sobre todo cuando el líder parece sólido en la superficie pero, al ras del territorio, no tiene red suficiente para aguantar el tramo donde se ordena el voto útil y se endurece el rechazo. No doy una cifra cerrada; depende de la encuestadora, del universo urbano-rural y del porcentaje de indecisos.

Cabina de votación y ánfora en un proceso electoral
Cabina de votación y ánfora en un proceso electoral

Mi posición, hoy, es esta: tiene más sentido seguir mercados ligados a clasificación, margen y fragmentación que intentar “comprar” al supuesto favorito presidencial. Si un nombre va primero con una base corta y una desaprobación alta, su cuota mediática suele verse más robusta de lo que realmente indica su probabilidad. No da. Una encuesta de intención de voto no es una cuota justa; es apenas una foto con ruido.

El detalle que nadie mira: la valla electoral

Ahí aparece el ángulo menos mirado. La valla funciona como una pelota parada en el minuto 88: parece lateral hasta que termina definiendo el partido. Para apuestas políticas o para una lectura seria de probabilidades, el mercado secundario no debería quedarse solo en “quién gana”, sino abrirse a preguntas como “cuántos partidos pasan el umbral” o “si habrá una bancada muy atomizada”. Ese nicho retrata mejor el escenario peruano de 2026 que cualquier tabla de favoritos.

Hagamos el ejercicio técnico. Si un partido está en 4.8% y el umbral es 5%, una lectura rápida diría que está casi afuera. Pero no, no exactamente. Ese 4.8% implica que necesita 0.2 puntos para cruzar; eso equivale apenas a 1/24 de su propia base actual. En términos relativos, le falta cerca de 4.17% sobre su nivel medido, no un salto imposible, y cuando hay alta dispersión con un voto poco fidelizado, ese tramo final se mueve bastante más de lo que un panel de TV suele admitir, aunque a veces lo presenten como si todo ya estuviera sellado. Así.

El centro de Lima suele discutir la elección como si fuese una tabla única, pero el Perú electoral se parece mucho más a un torneo jugado en canchas distintas: costa urbana, sierra sur, selva, voto joven, voto antisistema, voto partidario residual. Por eso, a mí me parece poco serio hablar de “favoritos claros” en abril. Esa claridad engaña. Casi como un 60% de posesión sin remates al arco.

Esa fragmentación empuja un mercado bien concreto: segunda vuelta sí, con margen corto entre el segundo y el tercer lugar. No tengo cuotas oficiales en la consigna y no voy a inventarlas. Sería forzarla. Pero el método igual sirve. Si una casa ofreciera, por ejemplo, 1.50 a que habrá segunda vuelta, la probabilidad implícita sería 66.67%, y en el sistema peruano, donde ganar en primera exige superar 50% más un voto, ese escenario normalmente queda por encima de ese porcentaje cuando el voto aparece tan roto. Si la cuota fuese 1.80, la implícita baja a 55.56%; ahí el valor sería todavía más nítido.

Cómo leer valor sin dejarse arrastrar por el ruido

Conviene separar tres capas. Tres, sí. La primera: intención de voto actual. La segunda: rechazo, que en Perú pesa casi tanto como el apoyo. La tercera: capacidad de transferencia a una segunda vuelta. Muchos lectores se quedan en la primera. El apostador que calcula EV necesita las tres. Un candidato puede liderar con 18% o 22% y seguir siendo una posición cara si su techo está demasiado cerca y su rechazo es severo.

También pesa el número de indecisos y el voto blanco o viciado, variables que en procesos peruanos rara vez decoran, rara vez están de adorno. Si una encuesta marca 20% para el primero, 14% para el segundo y además deja un bloque de peso entre indecisos y voto no válido, la ventaja real se achica. Es como mirar una tabla de goleadores sin revisar penales, minutos y calidad del rival: la superficie informa, sí, pero no decide sola, y a veces ni siquiera orienta tanto como parece.

Hay una ironía saludable acá. Cuanto más se repite que ciertos nombres “ya están en segunda vuelta”, más sospecho del precio social de esa narrativa. El mercado amateur adora esa comodidad psicológica; las elecciones peruanas casi nunca la premian. En TipsterPeru prefiero una lectura menos vistosa: seguir de cerca la zona del 4% al 7% partidario y el diferencial estrecho entre el segundo y el cuarto puesto da más información accionable que cualquier ranking viral. Eso pesa.

Proyección para abril y lo que sí merece seguimiento

Este viernes 3 de abril de 2026, la mejor lectura no pasa por coronar a nadie. Pasa por medir la elasticidad del tablero. Si en las próximas semanas los punteros siguen por debajo de un tercio combinado y la franja media no logra despegarse, el escenario que mejor encaja con los datos es una segunda vuelta muy abierta y un Congreso partido en varias bancadas pequeñas o medianas, un cuadro bastante más inestable de lo que sugiere la conversación diaria cuando se enamora de un puntero y se olvida de mirar el reparto completo. Nada más.

Mi recomendación editorial va hacia un mercado lateral, no al titular: seguir apuestas o pronósticos sobre clasificación a segunda vuelta, margen entre segundo y tercer lugar, y número de partidos que superan la valla. Allí hay mejor relación entre información y precio. El nombre del puntero cambia la conversación; la valla cambia el sistema. Y en Perú, cuando el sistema tiembla, los porcentajes chicos pesan como si fueran gigantes.

Ciudadanos reunidos en una plaza pública del Perú
Ciudadanos reunidos en una plaza pública del Perú
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